
Septiembre de 1938, Checoslovaquia.
Adolf Hitler,
canciller de Alemania, amenaza con desencadenar una guerra a escala europea a menos que los
Sudetes, una zona fronteriza de Checoslovaquia en la que vive población de etnia alemana, sean
cedidos a Alemania.
Los líderes de Gran Bretaña, Francia, Italia y Alemania celebran una
conferencia en Múnich entre el 29 y el 30 de septiembre de 1938 y acuerdan la anexión
alemana de los Sudetes, a cambio de un compromiso de paz por parte de Hitler.
Los checoslovacos
ni siquiera son invitados a esta conferencia.
El 15 de marzo de 1939, menos de seis
meses después de la anexión de los Sudetes, la Alemania nazi invadió y ocupó las provincias
checas de Bohemia y Moravia.
Un día después de esta invasión, Adolf Hitler, mediante una
proclamación desde el Castillo de Praga, instauró el Protectorado de Bohemia y Moravia.
Más de 118.
000 judíos residen en el protectorado que se encuentra bajo la dominación
nazi.
Uno de ellos es Edith Polachová.
Tras pasar años bajo la ocupación nazi y vivir
durante un año en el gueto de Theresienstadt, Dita y sus padres son enviados al campo de
concentración de Auschwitz en diciembre de 1943.
Entre el 26 de octubre de 1942 y el 28 de
octubre de 1944, los alemanes deportaron, en 27 transportes, a casi 47.
000 judíos
del gueto de Theresienstadt a Auschwitz.
En Auschwitz, la vida no valía nada.
Cuando
el transporte de Dita llegó a este campo de concentración, ya era de noche.
Todos los
deportados, exhaustos por el viaje y cegados por las fuertes luces, fueron recibidos por guardias
de las SS y sus respectivos perros, los cuales trataban de atacarles.
Asimismo, a su llegada
también les esperaban prisioneros con uniformes de rayas.
Estos se dedicaban a golpear a los recién
llegados con palos.
Se les ordenó que lo dejaran todo y se alinearan en dos columnas: hombres
y niños en una, mujeres y niñas en la otra.
A continuación, los obligaron a
marchar a una cabaña de madera, donde pasaron la noche sentados en el duro y frío
suelo.
Al día siguiente, por la mañana, Dita, su madre y las demás mujeres fueron obligadas a
quitarse la ropa, darse una ducha fría y correr empapadas, a través de la fría nieve, hasta otro
barracón, donde les proporcionaron trapos viejos y zapatos gastados.
No recibieron uniformes
de rayas como al resto de los prisioneros de Auschwitz.
Dita fue capaz de conservar
sus botas, pues se duchó con ellas puestas.
Más tarde, tatuaron a todos los presos en
el brazo izquierdo.
A partir de ese momento, Dita dejó de ser llamada por su nombre.
Se convirtió en un número: el 73.
305.
Fueron internados en el campo familiar B
II b, también conocido como campo familiar de Theresienstadt-Auschwitz.
Creado el 8
de septiembre de 1943, fue edificado para los judíos del gueto de Terezin.
Formaba parte
de los nueve campos construidos por los nazis dentro del subcampo de Birkenau de Auschwitz.
En él, fueron internados unos 18.
000 judíos provenientes del gueto de Theresienstadt entre
1943 y 1944.
Se trataba del segundo campo, tras el centro de familias gitanas, donde
los hombres podían alojarse junto con las mujeres y los niños.
Sin embargo, debían
dormir en barracones separados.
Fue creado por los nazis con fines propagandísticos.
No
obstante, las condiciones de vida eran las mismas que en los otros campos: hambre, palizas,
trabajos forzados y acceso limitado al agua.
El campo familiar de Theresienstadt,
en Auschwitz-Birkenau, constaba de treinta y dos barracones de madera.
Originalmente, eran establos de caballos, sin ventanas y con solo algunas aberturas pequeñas
en las paredes que permitían entrar algo de aire.
Cada una de ellas albergaba a 300 prisioneros.
También había un barracón con lavabos, el cual contaba con una hilera de grifos de
los que salía agua fría de color marrón.
Otro de los barracones era el retrete: una pared
de hormigón dividida en dos y con agujeros.
Contaba con una banda de tela de un saco.
Había dos: uno para hombres y otro para mujeres.
La tela del saco ocultaba sólo la
parte central del cuerpo, dejando la cara y la parte inferior al descubierto.
De esta
manera, se humillaba aún más a los reclusos.
Cuando Dita vio en Auschwitz a las personas de
Theresienstadt que habían sido deportadas tres meses antes de su llegada, estas tenían un
aspecto diferente.
Sus pieles eran pálidas y grisáceas.
Ya nadie sonreía.
Hablaban de forma
extraña y no paraban de mencionar algo sobre las cámaras de gas y la chimenea en la que acabarían
todos.
Tenían expresiones extrañas y grandes ojos vacíos.
Cuando señalaban las chimeneas, de
ellas salían llamas por la noche y ceniza gris, una ceniza que llenaba el aire como la nieve.
Los recién llegados no entendían que estaba ocurriendo.
Con el tiempo, Dita comprendió que las
cenizas y el olor procedían de los crematorios, donde se incineraban los cuerpos de las
personas asesinadas en la cámara de gas.
Los presos eran contados durante el pase de lista
que tenía lugar por las mañanas y por las tardes.
Si los números no cuadraban, el pase de lista
se prolongaba.
A menudo duraba largas horas, lo que podía ser especialmente
atormentador para los prisioneros, sobre todo cuando hacía mal tiempo.
La única comida que recibían era un plato de sopa al mediodía y por la noche un
trozo de pan con una cucharada de mantequilla o falsa mermelada.
Los reclusos estaban tan
hambrientos que sólo podían pensar en comer.
Un día de febrero, Dita no vio a su
padre al pasar lista.
Cuando oscureció, la joven consiguió entrar en el barracón de los
hombres.
En ese momento, lo vio tumbado con los ojos cerrados en su litera.
Cuando se dio cuenta
de que no había tomado la sopa, supo que su final estaba cerca.
Esa misma noche, su padre murió.
La madre de Dita no se enteró del fallecimiento de su marido.
Estaba ingresada en el hospital
por enfermedades infecciosas, por lo tanto, no podía recibir visitas.
Dita le comunicó la triste
noticia a través de una rendija en la pared de madera.
Ambas agradecieron que hubiera muerto así
en lugar de ser asesinado en las cámaras de gas.
Uno de los “privilegios” del campo familiar
de Theresienstadt era el Bloque Infantil.
Se encontraba en el barracón número 31.
Los niños
podían permanecer allí hasta la hora del pase de lista por la tarde.
Este lugar estaba vacío,
a excepción de unos pequeños taburetes que se utilizaban para sentarse en círculo con un adulto,
el cual era responsable de ellos.
En este bloque jugaban a adivinanzas o cantaban, pero también
recibían clases en secreto.
Por supuesto, todo de forma oral.
No había juguetes ni lápices, tan solo
unos 12-14 libros que habían sido introducidos por los presos encargados de clasificar el
equipaje de los transportes que llegaban.
Dita era la responsable de los libros,
convirtiéndose en la “bibliotecaria” del campo.
El jefe del bloque infantil era Freddy Hirsch, a
quien Dita ya conocía de Praga y Theresienstadt.
Hirsch había conseguido convencer al comandante
del campo para que permitiera la creación de este bloque infantil, alegando que, de esta
manera, mantendría a los niños ocupados, mientras sus padres se dedicaban a realizar
trabajos forzados.
Hirsch también consiguió comida adicional para los niños.
Asimismo,
logró que el bloque infantil tuviera calefacción y que los niños pudieran
pasar lista en el interior del edificio.
Hirsch era extremadamente estricto con la
higiene de los niños.
Insistía continuamente en que se lavaran a diario, incluso durante el
gélido invierno de 1943-44.
Incluso realizaba inspecciones periódicas a los niños en
busca de piojos.
Gracias a sus esfuerzos, la tasa de mortalidad de los niños
fue casi nula en comparación con la del resto de residentes, que rondaba
el 25% durante los primeros seis meses.
En febrero de 1944, el movimiento
de resistencia de Auschwitz descifró el significado de “SB6”.
Se trataba de una
abreviatura críptica: “tratamiento especial 6”, que significaba “asesinato en la
cámara de gas después de 6 meses”.
Como respuesta, los judíos comenzaron un
levantamiento donde prendieron fuego a los recintos, cortaron las puertas y corrieron
por su vida.
Fredy Hirsch fue acusado de ser uno de los líderes de la revuelta.
El 8 de marzo de 1944, una hora antes de que comenzara el levantamiento, Hirsch pidió
a los médicos que le dieran un tranquilizante, ya que estaba muy nervioso.
Sin embargo, los
doctores le administraron deliberadamente una sobredosis.
De este modo, evitarían que liderara
la revuelta.
Mengele prometió a estos reclusos que no serían asesinados junto con los demás
judíos del campo familiar de Theresienstadt, pues las SS necesitaban sus talentos y servicios.
Más tarde, ese mismo día, aún estando inconsciente, Fredy y los otros 3.
800 hombres,
mujeres y niños del transporte de septiembre, fueron metidos en camiones y conducidos a las
cámaras de gas, donde encontraron la muerte.
Tras esta masacre, las actividades en
el Bloque Infantil continuaron con un nuevo jefe.
Sin embargo Dita, que había
llegado a Auschwitz en diciembre de 1943, sabía que su vida terminaría en seis
meses, concretamente en junio de 1944.
No obstante, ese mes de mayo llegaron
nuevas órdenes desde Alemania: se debían seleccionar, entre los prisioneros, a hombres y mujeres que aún pudieran trabajar
en la industria armamentística alemana.
El médico que llevó a cabo esta selección
era conocido en Auschwitz como el ángel de la muerte.
Su nombre era Josef Mengele.
El
doctor pedía a los hombres de 16 a 45 años y a las mujeres de 16 a 40 que se presentaran en
su consulta.
Una vez allí, tenían que desnudarse, ponerse firmes y decir tres cosas: el número
de su tatuaje, su edad y su profesión.
Dita sólo tenía 14 años, pero sabía que, si no
era seleccionada para el trabajo, sería asesinada en la cámara de gas.
Por ese motivo, se presentó
a la selección indicando que tenía 16 años y que su profesión era pintora.
Mengele le preguntó: ¿pintora de casas o retratista?
Dita respondió: “retratista”.
Entonces Mengele preguntó:
¿Puedes pintar retrato de mí? Ella respondió: “Jawohl”, que significa “Sí”.
Con un gesto con la mano, Mengele la envió al grupo destinado a trabajos forzados.
Sin
embargo, la madre de Dita fue enviada al otro grupo.
A pesar de ello, de algún modo,
consiguió meterse en la cola de espera.
Ahí, se colocó entre otras mujeres delgadas y, finalmente, pasó.
De esta manera, Dita y
su madre estaban juntas en el mismo grupo.
El campo familiar de Theresienstadt fue
liquidado en julio de 1944.
Los 7.
000 hombres, mujeres y niños restantes, incluidos bebés,
fueron asesinados en las cámaras de gas.
Unas 2.
000 mujeres y 1.
000 hombres, los
cuales sobrevivieron a este proceso de selección, fueron metidos en un tren
y enviados a otros campos de Alemania, como Stutthof o los subcampos de
Neuengamme, cerca de Hamburgo.
A este último centro llegó Dita junto con
su madre y otros prisioneros de Auschwitz.
Hacia el final de la guerra, la
tasa de mortalidad en el campo de concentración de Neuengamme y sus respectivos
subcampos, los cuales no dejaron de crecer, alcanzaron proporciones catastróficas.
En el
invierno de 1944-1945 murieron hasta 1.
700 prisioneros al mes; sólo en febrero
de 1945 murieron casi 2.
500 reclusos.
Asimismo, Dita y los demás prisioneros
estaban expuestos a constantes ataques aéreos.
Casi todas las noches había 2 o
3 ataques aéreos.
Ante esta situación, los presos tenían que bajar a sótanos
repletos de ratas.
Todos ellos tenían que levantarse a las 5 de la mañana, ponerse en
formación para pasar lista y, a continuación, caminar hasta los lugares asignados para realizar
trabajos forzados fuera del campo.
Podía tratarse de labores como recoger ladrillos de las casas
bombardeadas y apilarlos para luego reutilizarlos, cavar zanjas o quitar la nieve de las calles.
A veces, los alemanes que vivían en ese lugar, los mismos también sufrían los bombardeos, dejaban
algo de comida a los hambrientos prisioneros.
En marzo de 1945, las SS liquidaron los
subcampos de Neuengamme.
Todas las reclusas, incluidas Dita y su madre, fueron enviadas
al campo de concentración de Bergen-Belsen.
Las condiciones sanitarias en Bergen-Belsen
eran terribles.
No había agua para lavarse y apenas la había para beber y cocinar.
Entre
enero y marzo de 1945, se produjeron las conocidas marchas de la muerte
desde otros campos de concentración.
Un tercio de los presos que llegaban en
transporte a Bergen-Belsen ya estaban muertos.
De los supervivientes de estas deportaciones,
casi el 80% tuvieron que ser traídos en camión desde la estación, pues estaban
demasiado debilitados y enfermos para caminar.
En una ocasión, de un transporte de 1.
900
prisioneros, más de 500 llegaron muertos.
Los reclusos apenas recibían comida durante
las marchas de la muerte.
Tampoco se les alimentaba cuando llegaban al campo.
Estas deportaciones provocaron que el centro de Bergen-Belsen estuviera tan
superpoblado que, durante los meses de invierno, cuando hacía un frío glacial, los presos
tenían que dormir sentados en el suelo.
Además, debían compartir solo 200 mantas en un
centro que contaba con decenas de miles de personas.
Debido a las terribles condiciones
de hambre, sed y epidemias de tifus, la tasa media de mortalidad diaria de los prisioneros
era de entre 250 y 300 muertos.
Cuando el 15 de abril de 1945, la 11ª División
Blindada británica liberó Bergen-Belsen, se encontraron a casi 13.
000 cadáveres sin
enterrar y a casi 60.
000 reclusos enfermos y hambrientos.
Durante los meses que
siguieron a la liberación del campo, miles de presos murieron a causa de diversas
enfermedades como el tifus y la tuberculosis.
Los prisioneros, finalmente, consiguieron comida
y ropa.
Debido a la epidemia de tifus y de piojos, el campo fue incendiado.
Los guardias
nazis capturados, hombres y mujeres, todos ellos fueron obligados a ayudar a
enterrar los cadáveres en las fosas comunes.
Entre los reclusos liberados se encontraban
Dita y su madre Elisabeth.
Poco después de su liberación, Dita, que hablaba
checo, alemán e inglés con fluidez, se ofreció voluntaria como intérprete.
Sin
embargo, pocos días después, contrajo el tifus.
Mientras Dita se recuperaba, su madre Elisabeth, quien también hablaba
checo, alemán, inglés y francés con fluidez, se ofreció voluntaria para trabajar como
secretaria del comandante británico del campo.
En junio de 1945, los prisioneros liberados que
se habían recuperado del tifus y ya eran inmunes, fueron invitados a Suecia para recuperarse.
Dita y su madre querían ir a Suecia, pero la madre necesitaba pruebas que
confirmaran que no estaba contagiada.
Fue al hospital de campaña durante 2 o 3 días
fingiendo alguna enfermedad.
De este modo, podría conseguir el ansiado
documento para su salida.
Cuando Dita visitó a su madre el segundo día,
esta se quejó de que no se encontraba bien.
Después de haber sobrevivido a tanto
dolor y terror, Dita no dudaba de que se recuperaría pronto.
No obstante, al tercer
día, cuando Dita fue a visitar a Elisabeth, encontró su cama vacía.
La paciente de la cama de
al lado le dijo en voz baja: “Tu madre ha muerto”.
A la mañana siguiente, un autocar viajaba de
Bergen-Belsen a Praga.
Una amiga de Dita logró que se subiera en él.
Dos días después, se reunió con
su tía Máňa, la viuda de su difunto tío Ludwig.
Pocas semanas después de su regreso, Dita
conoció a Otto Kraus, a quien recordaba del Bloque Infantil de Auschwitz, pues él era
uno de los profesores allí.
También él había perdido a su familia durante el Holocausto.
Dita conocía a la madre de este hombre, ya que habían estado juntas en Hamburgo y
Bergen-Belsen.
El hermano de Otto, Harry, falleció durante las marchas
de la muerte en enero de 1945.
Al igual que la madre de Dita, la madre de Otto
también murió poco después de la liberación.
En septiembre de 1945, Dita fue a Teplice durante
un año.
Allí estudió en el instituto local.
Otto y ella se escribían casi a diario.
Tras un
año, regresó a Praga y en 1947 se casó con Otto.
Su esposo dirigía la fábrica y la casa de
su padre, las cuales eran propiedad de su familia desde antes de la ocupación nazi.
Sin embargo, en febrero de 1948, los comunistas asumieron el control del país.
Esto provocó que Otto volviera a perder la fábrica.
En ese momento, la joven pareja, con su
pequeño hijo Peter, decidió abandonar el país.
Se trasladaron a Israel en mayo de 1949.
Dita
y Otto eran profesores, pero Otto también era escritor.
Sus libros se han traducido a varios
idiomas.
La propia Dita también escribió dos libros, uno es su biografía: “Yo, Dita Kraus.
La bibliotecaria de Auschwitz”, y el segundo es sobre la vida de su marido, titulado “Life with
Otto”, que aún no está disponible en español.
Asimismo, el escritor español Antonio
Iturbe publicó su tercera novela, La bibliotecaria de Auschwitz, traducida al
inglés con el título The Librarian of Auschwitz.
Este libro, inspirado en la vida de Dita Kraus,
se ha convertido en un éxito de ventas que se ha traducido al menos a 33 idiomas.
También
fue galardonado con el Premio Troa en 2013.
El matrimonio tuvo tres hijos y vivieron
una feliz vida juntos hasta el año 2000, fecha en la que Otto falleció.
Hoy, a sus 93 años, Dita vive en paz, rodeada de su familia y de sus
cuatro nietos y cuatro bisnietos.
Aunque los nazis intentaron asesinar a todos los
judíos, no lo consiguieron.
La venganza de Dita no es sólo haber sobrevivido y seguir dando
conferencias sobre las penurias que padeció durante el Holocausto, sino que su legado y
su valentía perdurarán a través de sus hijos.
Hasta hoy, su historia, así
como la de otros supervivientes, simboliza la valentía frente a las
fuerzas injustas y crueles del mundo.
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